la tinta besa la piel, su paso deja erizadas expresiones, marcas indelebles, caracteres y espacios, rastros que se hacen palabras. Max Römer Pieretti

miércoles, 23 de abril de 2014

La casa por turnos

A la Venezuela dividida

Esta era una casa en crisis económica y con otras crisis también. Dos familias vivían en ella, a dos tiempos. De noche, unos dormían, mientras de día, dormían los otros. Al amanecer, desayunaban los primeros y cenaban los segundos. A dos tiempos. Primero, los que se marcharían luego del desayuno, apuraban sus tostadas y café; después, vendrían los de la cena a preparar sus sopas.
La casa tenía dos hipotecas. La muy hábil se las había ingeniado para venderse a mitad de precio dos veces. Los que la habitaban de día, pagaban la suya por sus doce horas diarias. Los que la usaban de noche, tenían hipotecada la casa por las otras doce horas. El problema venía los fines de semana y en los tiempos de vacaciones. Cada uno asumía que la casa era de su familia y la casa se sabía dividida, aunque a ella, no le importaba. Total, la limpiaban dos veces, le lustraban la vajilla dos veces… en fin la casa se sentía atendida como la que más. Pero, en el fondo, en su corazón de ladrillos, la casa se sentía así como a esos niños que les preguntan a quién quieres más.
Un domingo, los de la noche se quedaron más tiempo durmiendo. Los del día querían dormir en sus camas, las mismas que ya habían calentado con sus cuerpos los de la noche. Era imposible vivir por horas. Como de parquímetro. Jugar por horas, comer por horas, ducharte por horas. Era necesario un acuerdo en tanta violencia hacia eso que se llama vivir, vivir la casa. El acuerdo llegó una noche que se hizo día de pronto. Levantarían una litera a todo. Una mesa encima de la otra con sillas de dos asientos al estilo  de las escaleras. Las camas, era lo obvio, como de cuartel. El baño, un problema que se resolvió al estilo de las casas con muchos hijos, el que llegue primero. La cocina, alternativamente comerían de las delicias de una familia u otra. ¿Y los afectos? ¿Cómo quedaban en todo ese orden? No quedaban, porque el pánico de todos era tan grande, tan ruda era esa violencia, que el día se lo pasaba así, viéndose las caras, tratando de sonreír, buscando en la propia enemistad de ese compartir que no se colara ningún tipo de sentimiento de cercanía con el otro.

Max Römer Pieretti

Madrid, 23 de abril de 2014