la tinta besa la piel, su paso deja erizadas expresiones, marcas indelebles, caracteres y espacios, rastros que se hacen palabras. Max Römer Pieretti

martes, 21 de enero de 2014

Así, en calcetines de andar por casa

A mi mujer
A mis amigos los poetas y prosistas de todos los días
A Lirichu el día previo a su cumpleaños

Creo que a mí me pasa como a mis amigos que viven tras el teclado de los ordenadores. Mientras más en calcetines de andar por casa, mejor. Es como una especie de comunión entre la piyama, los calcetines y una taza de café al lado, a falta de tintero. Las ideas van fluyendo tal y como se soñaron. A mí me pasa que lo que escribo antes lo soñé, así con movimientos de las manos sobre las teclas, con las tildes que deben adornar a algunas palabras, como que si de repente fuera necesario que las cosas salgan de uno mismo, o mejor aún, cuando sueño que escribo directo sobre mi cuaderno con mi pluma fuente MontBlanc.
Como quien tiene un sueño con las cartas de los corintios que desaparecen de la propia Biblia, las baja la hija desde el iPhone en inglés y nadie en misa entiende, salvo uno que está en su sueño con su librote en el maletín en plena iglesia. El cura leyendo en griego antiguo  mientras los feligreses se hacen los entendidos. Toda una discusión necesaria sobre la urgente devolución del libro a El Corte Inglés, como que si todos los libros se compraran allí, y la acalorada discusión de que esa Biblia me la había comprado en aquellos tiempos de asistente de biblioteca en la remota década de los setenta.
A mí esos días de sueño y texto, que son todos por cierto, me urge que el ordenador se cargue tan rápido como lo hacía mi máquina de escribir, sin intermediarios entre el papel, que la pantalla deje de guardar la letras y me las entregue a la misma velocidad en un papel, como antes, sin que medien cables o wi-fi para tenerlas así, sobre blanco, orondas en su oscuridad de tinta.
Por eso prefiero mi cuaderno y mi pluma. Son expeditos, directos, inhalan como yo, exhalan cuando lo hago. La computadora es así como un artilugio para que las cosas se cuelguen en otra parte, una difusión que pierde aquella magia de leérselas a los amigos en la casa, cerveza mediante. Todo pasa por Facebook y el blog. Ya se quedan atrás esas palabras impresas en papel –aunque fuera malo– con la carátula hecha entre amigos. Las fotos de una, el dibujo de otro, el color sugerido por otro más.
Para mí las letras tienen sentido en la medida de que mi mujer -mi musa y lectora- vuelca su mirada sobre mis ojos que, lectores, repasan lo que he escrito y lo leen en voz alta. Ella, la mujer, la inspiración, la compañera, es la cómplice amatoria de todo eso que sale de la pluma, que se vuelca en caracteres y espacios, que se queda prendado en el aire y que, de volver a leerlo, se hacen lágrima emocionada en ella, en mí, aunque el texto sea por la violencia embalada que rompe hogares en llanto incontrolable.
No sé si a ustedes queridos amigos en la poesía y la prosa les pasa, pero yo tengo urgencia de lectura, de saberme suyo en oídos, en vistas, en escucha atenta de sus escritos, en que atiendan los míos o esta emergencia de caracteres que brota de los dedos, que está en los cuadernos de apuntes que se hacen parpadeo de pantalla de ordenador, que se transmutan a veces en textos de Whatsapp.
No quiero Facebook, ni blog, ni twitteratura. Quiero un recital sentido, así de calcetines de andar por casa, cada quien con su café y su cuaderno. Unos amigos de un lado del Atlántico, otros de este, donde vivo y siento. Una especie de encuentro místico de escritores de todos los días, sin que unos sean los encuadrados, nada de eso. Todos en calcetines de andar por casa.
A veces pienso que nos perdemos en tratar de gritarle al mundo los desmanes de los políticos, en una pasión postmoderna que no deja espacios para otra cosa que no sea la protesta líquida como dice Bauman, o disfrazados de gente grande que pretende transformar al mundo con estos ojos que parece que no terminan de darse cuenta que tienen presbicia y se creen jóvenes.
Nos perdemos en políticas. Tenemos urgencia de tener tiempo para decirle a la gente con estas mismas letras de todos los días que somos gente, sencilla, que somos eso, artistas de la palabra, o que nos creemos eso, y que de creerlo, lo vamos deshojando (al cuaderno me refiero) y así, poco a poco, vamos dejando estos golpes de tecla, estos sentires de querer tener a mis amigos, a todos ellos, en calcetines de andar por casa.

Max Römer Pieretti
Madrid, 21 de enero de 2013.