la tinta besa la piel, su paso deja erizadas expresiones, marcas indelebles, caracteres y espacios, rastros que se hacen palabras. Max Römer Pieretti

jueves, 18 de septiembre de 2014

El balón gastado

A Raúl Carreño In Memoriam

En el patio del recreo, a esa hora en la que todos queremos ser mayores y apenas nos alzamos del suelo un par de palmos, mi padre nos compró un balón de fútbol número 5, de los buenos, como el de los mundiales. De usarlo en casa se fue gastando, había perdido las diferencias entre el blanco y el negro, en fin, era un cuero viejo, usado pero útil.
Corría el segundo grado de primaria y los amigos nos reunimos en el patio techado del colegio: Raúl, Marcel, Pedro, y yo. Contemplábamos el balón con la emoción del juego, de los pases que nos íbamos a dar, de demostrar las torpezas propias de cada uno, con movimiento a cámara lenta para imaginar que éramos Pelé, o ‘Tostao’. Imaginábamos chilenas, grandes movimientos defensivos, arranques de maravilla hasta la portería. Todos revisamos que estuviera bien hinchado y, por supuesto, con las ganas de jugar –prohibidas por las reglas del colegio– para ese patio, porque el otro, en el que se podía jugar, llovía tropicalmente, es decir, a cántaros.
Nos contentamos con un juego de metras. El juego tuvo que ser sencillo con las metras corriendo en sus volteretas por las líneas vacías de los bancos, porque eso de ponerse por los suelos a jugar con esferas de vidrio en el patio encerado de los techos, tampoco se podía.
Sonó el timbre y así, se quedó instalado en la memoria, ese olor del cuero del balón, la brillantez de las canicas, la camaradería de todos y, por supuesto, las ganas de volver más tarde… si escampaba.

jueves, 10 de julio de 2014

de cinco pétalos y centro amarillo

a cremusiño a sus once años de partida

hola maxón
aquí ando en la lucha
trabajando en esta colcha que hice con unos estambres que estaban por ahí
y mira lo que vi en este rincón donde la araña tejió una maravilla que se llenó de gotas
porque la lluvia fue suave
dejó perlas en rosaura
y las hormigas se las llevaron a sus casas
ando en eso pintando unas cositas para ponerlas en la cueva
con un colorcete por aquí
y otro colorcete por allá
espérate un momento que ya voy
y déjame que este color no se resiste
mira que salivo ante el verde de este saltamontes
escucha cómo suena este violín
mejor apaga la trucha que me da náuseas
porque schubert era un aburrido con esa música para un pez
mira que hay que ser especial como brahms
o muy sensible como chopin
hasta irascible como tchaikovsky
pero ¿schubert? ¿una trucha?
me leí un cuento que me inspiró otro que no tenía nada que ver con el que me leí
te leo el que escribí que va de la piel y su hambre
o este otro que va del tren que pasaba por mi casa
y del humo medicinal que dejaba
y de las tinas con yodo para la salud
yo creo que el arte es como eso que veo todos los días
una especie de que las cosas no se acaban al salir del tubo de los colores
que las cosas son todas una maravilla
hasta las feas
como esas que tengo en esa mesa de allá
bueno, este, ¿qué te estaba diciendo?
¡ah! que este colorcete un poco moradete queda bien al lado de este verde terroso
¿no te parece lucylú?
que voy a hablar con mi mamá
que sí, que voy a preparar una sopa de auyama de rechupete
(mientras se sorbía los labios y los hacía desaparecer en una línea bajo la nariz corsa)
con este papel de aluminio voy a hacer unas mariposas para decorar el árbol de navidad
el vestido que estoy haciendo tiene unos faralaos y el cuello así
que me gané el concurso de hilos y me dieron hilos
y risas sobre las rodillas
y saltos de alegría por más hilos
de todos colores
de todos los colores del universo de los hilos
imagínate tu
el universo de los hilos y todos sus colores
que las flores deben ser de cinco pétalos con el centro amarillo
que sean anaranjadas
como las flores locas del jardín
esas que crecen nadie sabe cómo pero crecen ahí por el jardín
que las gatas tuvieron gaticos de todos los colores
que el perro no me deja tocar el piano porque me quita la mano de las teclas
que las guacamayas me llaman y me dicen cosas
que la vida se me apaga
porque plutón está por ahí
y me toca irme porque lo dicen las estrellas

y se fue.



Max Römer Pieretti
Madrid, 10 de julio de 2014 (a 4 días de los 11 años)

miércoles, 23 de abril de 2014

La casa por turnos

A la Venezuela dividida

Esta era una casa en crisis económica y con otras crisis también. Dos familias vivían en ella, a dos tiempos. De noche, unos dormían, mientras de día, dormían los otros. Al amanecer, desayunaban los primeros y cenaban los segundos. A dos tiempos. Primero, los que se marcharían luego del desayuno, apuraban sus tostadas y café; después, vendrían los de la cena a preparar sus sopas.
La casa tenía dos hipotecas. La muy hábil se las había ingeniado para venderse a mitad de precio dos veces. Los que la habitaban de día, pagaban la suya por sus doce horas diarias. Los que la usaban de noche, tenían hipotecada la casa por las otras doce horas. El problema venía los fines de semana y en los tiempos de vacaciones. Cada uno asumía que la casa era de su familia y la casa se sabía dividida, aunque a ella, no le importaba. Total, la limpiaban dos veces, le lustraban la vajilla dos veces… en fin la casa se sentía atendida como la que más. Pero, en el fondo, en su corazón de ladrillos, la casa se sentía así como a esos niños que les preguntan a quién quieres más.
Un domingo, los de la noche se quedaron más tiempo durmiendo. Los del día querían dormir en sus camas, las mismas que ya habían calentado con sus cuerpos los de la noche. Era imposible vivir por horas. Como de parquímetro. Jugar por horas, comer por horas, ducharte por horas. Era necesario un acuerdo en tanta violencia hacia eso que se llama vivir, vivir la casa. El acuerdo llegó una noche que se hizo día de pronto. Levantarían una litera a todo. Una mesa encima de la otra con sillas de dos asientos al estilo  de las escaleras. Las camas, era lo obvio, como de cuartel. El baño, un problema que se resolvió al estilo de las casas con muchos hijos, el que llegue primero. La cocina, alternativamente comerían de las delicias de una familia u otra. ¿Y los afectos? ¿Cómo quedaban en todo ese orden? No quedaban, porque el pánico de todos era tan grande, tan ruda era esa violencia, que el día se lo pasaba así, viéndose las caras, tratando de sonreír, buscando en la propia enemistad de ese compartir que no se colara ningún tipo de sentimiento de cercanía con el otro.

Max Römer Pieretti

Madrid, 23 de abril de 2014 

domingo, 16 de marzo de 2014

El escriba sentado

A mi Celia

Últimamente me siento como el escriba sentado de Egipto. Así, hierático, con la mirada clavada en el lector, con dolor de cintura, dormidas las piernas, los ojos ya cansados de mirar el papiro.
Se me pasan los días y la sensación crece. Me voy envolviendo en caracteres, espacios, en palabras que deben decir y no sé si dicen, esperando un dictado, o tal vez una inspiración léxica o morfosintáctica que me saque de las estructuras paradigmáticas de todos los días.
No sé si les pasa a mis amigos. No soy capaz de voltear a ver qué hacen. Solo espero que el papiro no se agote, ni se me agoten las manos, ni las ideas, ni quien me dicta o quien me lea. Solo espero eso, que haya tiempo para escribir, que no me duela la espalda, que me quede tiempo para desentumecerme y así, salir al encuentro de quien sé me escribe y lee del otro lado de la mesa, a ti que con palabras entornadas en párpados, en miradas de reojo cuando dejo éstas letras sobre este espacio.

Max Römer Pieretti

Madrid, 16 de marzo de 2014.  

martes, 11 de marzo de 2014

Ojalá que te vuelva a ver

A Hans, mi padre, a sus 80 años menos 9 días


El abrazo fue intenso. Muy sentido. Atrás se desdibujó el malestar de años. La fortaleza de la espalda ya cansada y curva por los años se plantó en la fuerza de su paternidad. Su bigote penetró con fuerza de alfileres mi mandíbula barbada y dejó un beso. "Ojalá que te vuelva a ver". Sonó a sentencia, a posible lápida, a enojo con la vida porque acelera el paso y se va yendo.
Un sentimiento de no te vayas papá, quédate que quiero vivirte como nunca antes. La orfandad se abrió como una grieta y me tragó de pronto. Primero la madre, se nos fue por cuotas, consumida, acabada. Ahora, sin final escrito, el padre me deja una incógnita, un deseo abierto, un ojalá te vuelva a ver. Un deseo de su parte que hice mío. Un yo también apurado. Y se fue andando, así, con su maleta a rastras, perdido entre los guardias del aeropuerto de Barajas.
Firme, estoico, determinado a seguir siendo ejemplo me dejó, en un par de días, un repaso de las lecciones de toda una vida. Un recuento con corolario de la fuerza del brindis bávaro. Alzar una cerveza, mirando a los ojos con certeza y deseando al otro eso, que todo sea lo mejor para ti.
Ojalá volvamos a vernos. Ein prosit! Ein fragen Sambol!

Max Römer Pieretti
Madrid, 10 de marzo de 2014.

martes, 21 de enero de 2014

Así, en calcetines de andar por casa

A mi mujer
A mis amigos los poetas y prosistas de todos los días
A Lirichu el día previo a su cumpleaños

Creo que a mí me pasa como a mis amigos que viven tras el teclado de los ordenadores. Mientras más en calcetines de andar por casa, mejor. Es como una especie de comunión entre la piyama, los calcetines y una taza de café al lado, a falta de tintero. Las ideas van fluyendo tal y como se soñaron. A mí me pasa que lo que escribo antes lo soñé, así con movimientos de las manos sobre las teclas, con las tildes que deben adornar a algunas palabras, como que si de repente fuera necesario que las cosas salgan de uno mismo, o mejor aún, cuando sueño que escribo directo sobre mi cuaderno con mi pluma fuente MontBlanc.
Como quien tiene un sueño con las cartas de los corintios que desaparecen de la propia Biblia, las baja la hija desde el iPhone en inglés y nadie en misa entiende, salvo uno que está en su sueño con su librote en el maletín en plena iglesia. El cura leyendo en griego antiguo  mientras los feligreses se hacen los entendidos. Toda una discusión necesaria sobre la urgente devolución del libro a El Corte Inglés, como que si todos los libros se compraran allí, y la acalorada discusión de que esa Biblia me la había comprado en aquellos tiempos de asistente de biblioteca en la remota década de los setenta.
A mí esos días de sueño y texto, que son todos por cierto, me urge que el ordenador se cargue tan rápido como lo hacía mi máquina de escribir, sin intermediarios entre el papel, que la pantalla deje de guardar la letras y me las entregue a la misma velocidad en un papel, como antes, sin que medien cables o wi-fi para tenerlas así, sobre blanco, orondas en su oscuridad de tinta.
Por eso prefiero mi cuaderno y mi pluma. Son expeditos, directos, inhalan como yo, exhalan cuando lo hago. La computadora es así como un artilugio para que las cosas se cuelguen en otra parte, una difusión que pierde aquella magia de leérselas a los amigos en la casa, cerveza mediante. Todo pasa por Facebook y el blog. Ya se quedan atrás esas palabras impresas en papel –aunque fuera malo– con la carátula hecha entre amigos. Las fotos de una, el dibujo de otro, el color sugerido por otro más.
Para mí las letras tienen sentido en la medida de que mi mujer -mi musa y lectora- vuelca su mirada sobre mis ojos que, lectores, repasan lo que he escrito y lo leen en voz alta. Ella, la mujer, la inspiración, la compañera, es la cómplice amatoria de todo eso que sale de la pluma, que se vuelca en caracteres y espacios, que se queda prendado en el aire y que, de volver a leerlo, se hacen lágrima emocionada en ella, en mí, aunque el texto sea por la violencia embalada que rompe hogares en llanto incontrolable.
No sé si a ustedes queridos amigos en la poesía y la prosa les pasa, pero yo tengo urgencia de lectura, de saberme suyo en oídos, en vistas, en escucha atenta de sus escritos, en que atiendan los míos o esta emergencia de caracteres que brota de los dedos, que está en los cuadernos de apuntes que se hacen parpadeo de pantalla de ordenador, que se transmutan a veces en textos de Whatsapp.
No quiero Facebook, ni blog, ni twitteratura. Quiero un recital sentido, así de calcetines de andar por casa, cada quien con su café y su cuaderno. Unos amigos de un lado del Atlántico, otros de este, donde vivo y siento. Una especie de encuentro místico de escritores de todos los días, sin que unos sean los encuadrados, nada de eso. Todos en calcetines de andar por casa.
A veces pienso que nos perdemos en tratar de gritarle al mundo los desmanes de los políticos, en una pasión postmoderna que no deja espacios para otra cosa que no sea la protesta líquida como dice Bauman, o disfrazados de gente grande que pretende transformar al mundo con estos ojos que parece que no terminan de darse cuenta que tienen presbicia y se creen jóvenes.
Nos perdemos en políticas. Tenemos urgencia de tener tiempo para decirle a la gente con estas mismas letras de todos los días que somos gente, sencilla, que somos eso, artistas de la palabra, o que nos creemos eso, y que de creerlo, lo vamos deshojando (al cuaderno me refiero) y así, poco a poco, vamos dejando estos golpes de tecla, estos sentires de querer tener a mis amigos, a todos ellos, en calcetines de andar por casa.

Max Römer Pieretti
Madrid, 21 de enero de 2013.